#Heroinas

PEPITA

¿Dónde compra tu madre los garbanzos? …
– Dónde compra la tuya la cebada.
De esta forma tan poco convencional se conocieron y se enamoraron.
Pepita era una mujer joven, guapa y vivaracha.
Él un joven sargento del ejército demasiado joven para haber luchado en una guerra de la que no se sentía orgulloso, a pesar de las tres heridas y las muchas condecoraciones.
Se casaron, tuvieron a su primera hija y decidieron que, puesto que la soldada era escasa, él tenía que ir a la Academia General, debía hacerse oficial.
La segunda hija llegó estando en Toledo, el sueldo de alférez daba para poco, había que ir a Zaragoza para obtener el despacho de teniente de infantería.
Pepita se quedó en Madrid con sus dos hijas, la mayor cayó enferma. Pepita la cuidó en el hospital mientras amamantaba a la segunda.
La hija mayor falleció, tenía 8 años.
Él recibió el despacho de teniente de infantería de la 4ª promoción de 1949 y la situación económica mejoró.
Destinado a Tetuán al regimiento de Regulares, Pepita tendría allí en 1951 a su primer hijo varón.
A los tres años de estancia en Marruecos surgió la posibilidad de hacer un curso de transformación para la Guardia Civil, que por aquel entonces disponía de pocos oficiales de carrera.
El primer destino fue Tui (Pontevedra) la buena fortuna les sonreía, ambos gallegos, volvían a su tierra en mejor situación que cuando salieron de ella.
El ascenso a capitán no se hizo esperar, el cambio de destino tampoco, Ribadavia recibió a los cuatro miembros de la familia. Cuando al año fue destinado a La Guardia la familia tenía un nuevo miembro, el segundo hijo varón.
Allí el capitán pronto destacaría por la implacable persecución de los grandes contrabandistas. Fue bautizado como Capitán Centella, admirado por unos dada su rapidez en la detección de esos delitos, odiado hasta amenazarle de muerte por otros.
De nada sirvieron ni las amenazas ni los intentos de soborno. Temiendo que las amenazas llegasen a consumarse, lo destinaron a Villagarcía de Arosa. Al año aproximadamente le enviaron de nuevo a Tui.
Allí nació la tercena niña, una encantadora y dulce criatura de sonrisa perenne y rizados cabellos rubios.
La marcha a Ferreras de Arriba (Zamora) significó una nueva mudanza con cuatro criaturas a los que Pepita trataba de animar, todo era distinto a lo que conocían.
Al año, Pepita de nuevo con la prole y la casa a cuestas se traslada a Mombuey (Zamora) un pueblo donde conocerían la nieve y los aullidos de los lobos en el jardín de la nueva casa.
El capitán se marchó a hacer el curso de transformación a jefe de la GC. A su regreso, ya como comandante, nuevo traslado, esta vez a Zamora.
Sería en esta ciudad castellana donde nacería el tercer varón de la familia, y sería también de dónde se llevarían para siempre un desgarrador dolor.
Una aciaga tarde de primavera el asistente del comandante vino a recoger a la pequeña, como otras tardes. En el patio del cuartel, cercano al nuevo domicilio, jugaba con niñas de su edad, tenía 3 años.
La desgracia quiso que la pequeña se soltase de la mano de Salvador y cruzase corriendo la calle… Las ruedas de un camión detuvieron, ya para siempre, la vida de la niña.
Pepita fue la primera en recibir la noticia al abrir la puerta a un catatónico asistente que solo acertó a decir- Se han quedado ustedes sin niña-
El desgarrador grito hizo que el comandante, de sobremesa con unos amigos gallegos, saliesen corriendo a la entrada.
Fueron esos amigos gallegos los que impidieron que Pepita y el comandante llegasen a ver los restos mortales de la niña.
El dolor es insoportable.
El nuevo traslado fue inmediato, Lugo les acogería rodeados de la familia de Pepita, escasa, pero de gran ayuda en aquellos tristes años. Allí nació el último vástago, una niña morena de grandes ojos negros.
A León llegaron los siete con nuevas esperanzas.
El ascenso a teniente coronel les hizo volver a levantar la casa con destino a Pontevedra.
Después de otros tres años, Madrid. El teniente coronel en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro, la vivienda familiar en el edificio de la Dirección General de la GC.
Pepita volvería a levantar la casa esta vez al destino, que sin saberlo, sería el último.
Valladolid como primer jefe de la comandancia acogió a la familia en un piso enorme.
En el año 1974 Pepita y su marido acuden a Zaragoza para celebrar las bodas de plata de la 4ª promoción de la Academia General.
A su vuelta él comienza a sentirse mal.
Pepita le acompaña al Hospital del Generalísimo en Madrid, después de varias visitas con idas y venidas, él queda definitivamente ingresado. Un tumor terminaría con su vida a los 54 años, un mes antes de su ascenso a coronel y a un nuevo destino.
Pepita, aún joven, se queda con tres hijos de 5, 9 y 14 años.
Cuando mejor estaban económicamente y la vida parecía haber dado tregua a las desgracias en la familia, Pepita se encuentra sola y teniendo que abandonar su actual vivienda.
No se arredra Pepita, consigue una vivienda de protección oficial y allí se muda con sus tres hijos, los dos mayores, casados, comenzaban a crear su propia familia.
Con el esfuerzo que solo ella conoce, va pagando la vivienda y sacando adelante a sus tres hijos.
Pepita sería desde entonces madre, abuela y el pegamento que con fuerza mantiene unida a la familia.
Con ochenta y cuatro años las fuerzas han mermado.
Ingresada en el hospital, sus hijos permanecen a su lado noche y día.
Por momentos los ojos de Pepita se iluminan, ve a “las niñas” y habla con ellas.
El 7 de febrero de 2007. Con un leve suspiro cierra los ojos para siempre. Va a reencontrarse con su amado esposo y sus adoradas niñas.
Pepita es mi heroína, Pepita era mi amadísima madre.

a través de De ratas y banderas

Magnífico artículo, María Mir-Rocafort, magnífico y certero en todo cuanto dices.

Los que ya peinamos canas hemos sido educados en ese dios particular que nos enseñaron nuestros educadores de entonces, los mismos que nos hacían cantar el Cara al sol antes de comenzar las clases, los mismos que nos hacían acudir a Educación del espíritu nacional.

Nuestras lecturas tenían obligatoriamente que ser “María matrícula de Bilbao”, la vida y hazañas de Don pelayo,el Cid campeador y la gloriosa Cruzada Nacional contra los rojos, seres que se nos presentaban como auténticos demonios capaces de las mayores atrocidades.

Estudié parte del bachiller en colegios de religiosos, Escolapios y Maristas. Asistía obligatoriamente (estaba interno) todos los días a misa y controlaban si ibas a comulgar o no.

Nunca, por supuesto, se hablaba de sexualidad, asunto que resultaba anatema para nuestros educadores, eso sí, algunos pudimos observar como las visitas a nuestros dormitorios a media noche no obedecían a una cuestión de orden, claro que tampoco entendíamos el exagerado interés de algunos tonsurados por los más jóvenes del internado.

Afortunadamente yo crecí en una familia con unos padres nada convencionales para aquellos tiempos.

Todo lo que tenía que aprender sobre las cosas de la vida me lo enseñaron en casa, la demostración empírica de esas enseñanzas ya fue asunto mío.

El solo imaginarme una escuela o colegio como los que yo tuve que sufrir, me pone los cabellos de punta. Yo no sé si es irresponsabilidad o desconocimiento, pero la derecha extrema y la extrema derecha parece ser que es lo que pretenden, retroceder a aquellos años grises, pacatos y ruines donde los enseñantes eran auténticos psicópatas empeñados en hacernos a todos comulgar con ruedas de molino.

Cuando llegué a la adolescencia y comencé a leer los libros que me habían prohibido, descubrí que esos escritores y escritoras pensaban igual que yo, algo que me reconfortó y ayudo a mi formación humanista.

Señores de la derecha extrema y de la extrema derecha, no metan sus sucias manos en los cerebros de nuestros niños y niñas, hagamos una sociedad más justa y libre enseñando a esos niños y niñas lo que es la igualdad y el respeto a los que no son, ni piensan, como nosotros, esa es la grandeza de la enseñanza, lo demás es la oscuridad del entendimiento y la razón.

a través de La religión en política. Otra blasfemia

Magnífico artículo, María Mir-Rocafort, magnífico y certero en todo cuanto dices.

Los que ya peinamos canas hemos sido educados en ese dios particular que nos enseñaron nuestros educadores de entonces, los mismos que nos hacían cantar el Cara al sol antes de comenzar las clases, los mismos que nos hacían acudir a Educación del espíritu nacional.

Nuestras lecturas tenían obligatoriamente que ser “María matrícula de Bilbao”, la vida y hazañas de Don pelayo,el Cid campeador y la gloriosa Cruzada Nacional contra los rojos, seres que se nos presentaban como auténticos demonios capaces de las mayores atrocidades.

Estudié parte del bachiller en colegios de religiosos, Escolapios y Maristas. Asistía obligatoriamente (estaba interno) todos los días a misa y controlaban si ibas a comulgar o no.

Nunca, por supuesto, se hablaba de sexualidad, asunto que resultaba anatema para nuestros educadores, eso sí, algunos pudimos observar como las visitas a nuestros dormitorios a media noche no obedecían a una cuestión de orden, claro que tampoco entendíamos el exagerado interés de algunos tonsurados por los más jóvenes del internado.

Afortunadamente yo crecí en una familia con unos padres nada convencionales para aquellos tiempos.

Todo lo que tenía que aprender sobre las cosas de la vida me lo enseñaron en casa, la demostración empírica de esas enseñanzas ya fue asunto mío.

El solo imaginarme una escuela o colegio como los que yo tuve que sufrir, me pone los cabellos de punta. Yo no sé si es irresponsabilidad o desconocimiento, pero la derecha extrema y la extrema derecha parece ser que es lo que pretenden, retroceder a aquellos años grises, pacatos y ruines donde los enseñantes eran auténticos psicópatas empeñados en hacernos a todos comulgar con ruedas de molino.

Cuando llegué a la adolescencia y comencé a leer los libros que me habían prohibido, descubrí que esos escritores y escritoras pensaban igual que yo, algo que me reconfortó y ayudo a mi formación humanista.

Señores de la derecha extrema y de la extrema derecha, no metan sus sucias manos en los cerebros de nuestros niños y niñas, hagamos una sociedad más justa y libre enseñando a esos niños y niñas lo que es la igualdad y el respeto a los que no son, ni piensan, como nosotros, esa es la grandeza de la enseñanza, lo demás es la oscuridad del entendimiento y la razón.